May 26, 2026

Qué vacía que siento mi vida cuando se va Ari. El primer día es por lejos el peor, porque se siente en extremo el contraste. Pero los siguientes días no son menos difíciles, porque vivo media vida y porque desaparece la otra mitad. El día final no es más fácil tampoco, porque siento el final de un largo ciclo de emociones, sentimientos y cosas, algunas encontradas, otras subterráneas, otras gritadas, de las que no puedo hacer sentido totalmente. Cada día, el contraste extremo de vivir una vida en el desierto, en un exilio autoimpuesto e infinito, de estar en el bosque, en la tierra, en la distancia. En un lugar fuera del tiempo y de todo, cada día deja una huella más profunda en mí. El desierto me hace adaptarme, a su vez. Vivo con más nitidez. Presencia. Agradecimiento. Totalidad. Vivo media vida con una totalidad que nunca me imaginé ni soñé antes. Y mi otra mitad, la eclipsada, también es una gran vida. Pero en este preciso instante del día #1, es cuando más me cuesta.

Poner en palabras algo que sé como mi verdad. Y es que solo tengo una atadura. Ari. El resto es eventual, es pasajero. Amores, amistades, familias. Trabajos, proyectos, posesiones. Ideales, sueños, emociones, todo lo que pasa o deja de pasar, lo que imagino, quiero, espero, necesito o transito. Es todo casual, una lluvia pasajera, un sol que asoma y se esconde. Una luna que gira una y otra vez, cíclica, llenándose y vaciándose para volver a empezar. Todo puedo soltar. Todo puedo dejar ir, todo puedo entender en ese interser. Lo que no puedo soltar, es a Ari. Es mi ancla y a la vez, mi cable a la realidad. Qué extraña que es esta cosa que es la existencia.

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