Vuelvo al lugar donde dejé todas esas cosas, un tiempo atrás. Mapa onírico-conceptual de lo que hay contenido y que contiene a la vez. Siento la luz tenue, veo la puerta profunda, la armadura oxidada. Recuerdo ese living parcamente amoblado, un tanto genérico, y respiro hondo. Luego exhalo. Es mi lugar de seguridad. Inspiro una vez más. Soy yo. Exhalo de nuevo.
Voy hasta la puerta. Obvio. Está un toque entreabierta. La madera, infinidad de veces repintada, tiene un tono verdoso y está hinchada. El borde está hecho bolsa. Casi puedo palpar las vetas del frente, los surcos, aunque también veo el aglomerado fingiendo ser otro material, en los bordes. Aunque no lo siento casi, puedo percibir desde el borde la sensación de humedad, la oscuridad que escapa, que espera, del otro lado. Respiro hondo. Pasa el tiempo. Y cuando estoy preparado, me acerco un poco más y la cruzo.
Pero ahora el otro lado es muy diferente a lo que me acordaba, se ve cambiado. Cada vez pasa eso. Trastabillo con el desnivel, el falso escalón, pero no me caigo. Chapoteo. Hay unos 5cm de agua que no está ni fría ni caliente. Esta desagradablemente tibia. Escucho “agua podrida, agua podrida” a repetición en mi cabeza, pero lo supero. Está todo bien. Soy yo mismo, me recuerdo a mí mismo. Y ahora visto la pesada armadura. Escucho su metal raspar contra la piedra, amortiguado un poco por el agua semiestancada de las profundidades. Camino. Cada paso es muy denso. Sólido, real. Siento las roturas, las abolladuras y los cachos faltantes. Me duelen las articulaciones, los muslos, las rodillas. Es difícil el avance. Pero sigo. Me concentro en inhalar antes de cada paso, y avanzar exhalando. Una y otra vez. Y otra y otra vez. De a poco, cada paso se va volviendo más liviano que el anterior. Entro en un ritmo y pierdo la noción de todo.
Avanzo por el camino sinuoso de túneles y sótanos. Camino sin una dirección real, confiando en que estoy yendo a donde debo ir. Hasta que sé dónde estoy. Meto la mano en el bolsillo (la armadura se disipó en algún momento y ni me di cuenta) y palpo cosas. Las saco. Son piedritas. Algunas lisas y pulidas. Otras veteadas, o con las capas sedimentarias en un diseño hipnótico. Sonrío. Busco un poco y veo el hueco en el piso donde podrían entrar. Hay otros huecos más. E infinidad de piedras. Cientas - no, miles. Las coloco y acomodo junto al resto. Las muevo hasta estar satisfecho. Perfecto. Justo donde debían estar.
Reviso mis otros bolsillos y voy sacando algunas más. Unas son blancas y otras negras, otras marrones o de colores mezclados. Me quedo un tiempo indeterminado asegurándome de que el piso acepta esas nuevas partes. Cuando termino, meto la mano en mi último bolsillo. Saco cartas. Algunas gastadas, otras nuevas. Casi todas con Pokemon que no recuerdo de años atrás. Las generaciones más allá de la tercera fueron siempre una cagada, pienso. Pero saco todas las cartas, de a una, y las voy colocando en la pared, en los huecos donde todavía no hay cartas puestas. Me tomo mi tiempo. A veces invierto unas con otras. Otras veces solo las acomodo un poco. Alguna que otra vez tapo una con otra. De a poco voy avanzando por las paredes, hasta que casi sin darme cuenta me quedé sin cartas.
Y cuando eso pasa, de pronto me siento desnudo. No, estoy desnudo. No soy nada. No hay nada. No queda nada más. No hay deseo, ni miedo, ni emoción. No hay metas, necesidades, planes. No hay plata en el banco ni responsabilidades en la agenda. No hay más presión. Lo dejé todo ahí. Entre piedritas y cartas. Entre pasos por sótanos oscuros y pensamientos sin un fin. Hundo mis hombros un poco, y luego cierro los ojos. Voy mirando de a poco hacia arriba. Solo veo blanco y luz. La sensación crece y es acompañada por un zumbido indescriptible. Y después, nada más…
No comments:
Post a Comment